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Fuga de cerebros

Una científica nuclear argentina -que trabaja en nuestro país-, denunciaba: “La Argentina vende cosas baratas y lo que tiene más valor agregado lo regala: los científicos de alto nivel que formamos en nuestras universidades”.

Por » Jorge Zaccagnini
correo@losocial.com.ar
 

La Argentina es un país que ha hecho del exilio, una costumbre. Es una sociedad que, históricamente, ha resuelto de esa manera una incapacidad crónica de procesar en su propio seno, las diferencias de pensamientos y de intereses de sus habitantes.

Por supuesto que no todos los exilios son iguales. Está claro que no es lo mismo quien huye perseguido por sus ideas o su extrema pobreza, que el que piensa que fuera de su país puede encontrar mejores oportunidades económicas o de desarrollo personal y profesional.

Y que entre el que emigra contratado por una institución extranjera con condiciones económicas inimaginables localmente, y el que va a probar suerte porque está convencido que “en la Argentina no se puede vivir” existe la misma distancia que separa el día de la noche.

Porque para algunos, irse es una decisión tomada desde la propia convicción. Para otros, en cambio, constituye la única alternativa posible. Hay quienes parten con una esperanza, en la que resuena el sueño irredento del abuelo inmigrante. Y también los que buscan en la extranjería, las oportunidades que no han podido o no han sabido construir en su propio país.

Pero todos ellos constituyen, en definitiva y más allá de sus intenciones y aún de sus voluntades, un drenaje continuo en el que nuestro país pierde talentos y dilapida un capital económico y social. Un verdadero agujero negro, por donde discurren capacidades y esperanzas que terminan beneficiando a terceros países.

Mucho es lo que se ha hablado y se habla de este proceso. Hasta se ha encontrado una feliz manera de definirlo: la fuga de cerebros, lo llaman. Pero hasta el presente, poco y nada es lo que se ha podido hacer para revertirlo.

Poco tiempo atrás, una científica nuclear argentina -que trabaja en nuestro país-, denunciaba: “La Argentina vende cosas baratas y lo que tiene más valor agregado lo regala: los científicos de alto nivel que formamos en nuestras universidades”. Y no sólo eso: en épocas de dictaduras y bastones largos, además los expulsa.

Ésta es la situación con la que hemos convivido un largo período de nuestra historia. Pero el mundo cambia y se transforma velozmente. El fenómeno de la globalización es un proceso que está conduciendo a una nueva división internacional del trabajo, estableciendo nuevas circunstancias a las que deben adecuarse los conceptos y las ideas.
Resulta evidente que la actividad científica y tecnológica se constituye en un bien esencial para las naciones y que, como consecuencia, su preservación y desarrollo aparece como una obligación prioritaria de las mismas. Pero, ante la magnitud del cambio, cabe preguntarse si algunos objetivos no deben ser resignificados en el nuevo escenario.

El desarrollo de Internet ha articulado e imbricado el mundo del conocimiento y de la producción de manera tal, que poco o nada es igual a 20 años atrás. ¿Qué significa hoy “repatriar científicos”? ¿Qué implicancia tiene “formar más técnicos para la industria del software”? ¿Sólo se “fugan los cerebros” de aquellos compatriotas que sacan el pasaporte y se van del país? Preguntas que buscan respuestas, quizás diferentes a las de siempre.

¿Cómo se “repatría” mejor? ¿Trayendo al país a los científicos argentinos dispuestos a volver, o potenciando el flujo de conocimientos hacia nuestra patria, que esos científicos pueden brindar desde los privilegiados lugares de desarrollo que han sabido ganarse?

¿Cuál es el beneficio que la Argentina recibe a cambio del esfuerzo educativo que implica formar más técnicos para la industria del software? Una pregunta interesante, si se hace desde la perspectiva del valor que agrega a las cadenas productivas locales.

Las empresas que lideran en el mundo la producción de software, integran profesionales a procedimientos de gran nivel de desagregación y marcadamente endogámicos, lo que dificulta notablemente su traslado y propagación a emprendimientos propios del país o la región. Además, compran trabajo a costos locales y lo venden –y nos lo venden- a los precios del mercado internacional.

Parecería que la originalidad y el desarrollo integral de productos electrónicos con contenido de programas de desarrollo local, es un camino posible para una política nacional sobre este tema.

¿“Fuga de cerebros” y emigración son sinónimos? Empresas que fueron líderes en la venta de computadoras en el mercado argentino y el mundo, hoy se dedican a armar eficientes equipos de servicios de gestión en línea, que funcionan los días y en los horarios del país del cliente, usualmente instalado en el primer mundo. Aprovechan para ello, los conocimientos y la experiencia de profesionales argentinos, a los que contrata con valores del mercado laboral local. Una fórmula redonda, porque, aparentemente, todos ganan. Gana el cliente, que consigue un servicio eficiente a un costo inimaginable en su propio país.

Gana el proveedor, que cobra a precio internacional y paga a precio local. Y gana el contratado, que –aún cobrando lo mismo- cree percibir la continuidad laboral de un “hoy en este país, mañana en aquel otro”.

Si todos ganan, entonces ¿quién pierde? Es posible que pierda la Nación, que permite y alienta el canje de formación, conocimientos y experiencias por una ocupación de baja calidad y sin valor agregado. Y que junto con la Nación perdamos todos nosotros, los que día a día hacemos nuestro aporte a la construcción esperanzada de un país con futuro.

La decisión del Gobierno Nacional de elevar la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva a la categoría de Ministerio constituye una clara señal de la importancia que pretende darle a este tema. Pero también incrementa en la misma medida,

la responsabilidad rectora que le cabe en este momento histórico, de orientar la actividad productiva al aprovechamiento integral del capital humano con el que cuenta nuestra Patria. De otra manera, tendremos respuestas equivocadas a preguntas correctas y correremos el riesgo de seguir “fugando cerebros”, que habrán partido a hacia otros horizontes sin siquiera haberse mudado de casa.

Artículo publicado en la edición Nº 229 de la Revista MI (www.e-mi.com.ar)

Publicado el 13/07/2008

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Una científica nuclear argentina -que trabaja en nuestro país-, denunciaba: “La Argentina vende cosas baratas y lo que tiene más valor agregado lo regala: los científicos de alto nivel que formamos en nuestras universidades”.  
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